miércoles, 20 de enero de 2016

Material de trabajo para la sesión del 22 /01/16



El Experimento Tuskegee

Tuskegee, Alabama. E.U. 1932-1972.


“El gobierno de los Estados Unidos hizo algo incorrecto –profunda y moralmente incorrecto. Fue una atrocidad hacia nuestro compromiso con la integridad y la igualdad para todos nuestros ciudadanos… claramente racista.”

-- Disculpa del Presidente Clinton a los 8 sobrevivientes del Experimento Tuskegee, Mayo 16, 1997 --




El Estudio de la Sífilis de Tuskegee (1932-1972), también conocido como el estudio de la Sífilis del Servicio de Salud Pública, fue un estudio clínico conducido alrededor de Tuskegee Alabama en donde 399 afroamericanos (mas 200 personas de un grupo control sin sífilis), pobres – y casi analfabetos – participaron en un estudio dirigido a la descripción de la historia natural de la sífilis. Este estudio se volvió notorio porque fue conducido sin el debido respeto a los sujetos de experimentación, y condujo a grandes cambios en la manera en que los pacientes debían ser protegidos en estudios clínicos. Los individuos reclutados en el estudio de Tuskegee no dieron su consentimiento informado y no fueron informados de su diagnóstico. En vez de eso, se les dijo que tenían “Mala Sangre” y que se les invitaba a recibir tratamiento gratuito en una clínica. También se les ofreció una comida caliente por día y 50 dólares en caso de muerte para solventar los gastos de su funeral.

Para 1947, la penicilina se había convertido en el tratamiento estándar para la sífilis. Antes de su descubrimiento, la sífilis frecuentemente conducía al desarrollo de una enfermedad multisistémica, crónica, dolorosa y fatal. En lugar de tratar a los sujetos sifilíticos con penicilina y cancelar el estudio, los científicos de Tuskegee se negaron a usar penicilina o a proporcionar información sobre la misma, con el objetivo de continuar el estudio acerca de cómo la enfermedad progresa y mata al paciente. Los participantes también fueron persuadidos de entrar a otros programas de tratamiento que estaban disponibles para otras personas en el área. El estudio continúo hasta 1972, cuando una filtración a la prensa – más que cualquier otra consideración ética o moral – condujo a su cancelación. El estudio Tuskegee es frecuentemente citado como uno de los más grandes incumplimientos de ética y confianza entre el médico y sus pacientes, en la realización de un estudio clínico en los Estados Unidos. El estudio de la sífilis de Tuskegee condujo a la elaboración del reporte Belmont y al establecimiento del Consejo Nacional para la Investigación Humana y los consejos Institucionales de Revisión de Protocolos de Investigación.

El grupo de estudio fue formado como parte de la sección para enfermedades venéreas del servicio de salud publica de los Estados Unidos (PHS). El inicio del estudio Tuskegee se le atribuye comúnmente al Dr. Taliaferro Clark . Su propósito inicial era seguir el proceso natural de la sífilis sin tratamiento alguno, en un grupo de hombres negros por 6 a 8 meses, para después continuar el seguimiento en una fase bajo tratamiento. Más tarde, el Dr. Clark accedió a la implementación de prácticas engañosas sugeridas por otros miembros del estudio. Clark se retiró del estudio un año después de que éste comenzó.


El Dr Oliver C. Wenger era el director de la clínica para enfermedades venéreas del PHS en Hot Springs, Arkansas. Era un entusiasta promotor de la exploración exhaustiva de la sífilis y de la instalación de programas de tratamiento en la comunidad negra. En varias etapas del experimento de Tuskegee, Wenger estuvo ligado a las actividades del Condado Macon, y jugó un papel crítico en el desarrollo de los primeros protocolos de estudio. Wenger continúo brindando asesoría en el experimento cuando este entró en un largo periodo de estudio de la evolución de la enfermedad sin tratamiento alguno. También fue partidario de ocultarle a los sujetos de experimentación, los apoyos al estudio --temía que la revelación pudiera conducir a que no cooperaran.

En 1932 el Dr. Raymond H. Vonderlehr era el director del experimento de Tuskegee. El realizó varios de los primeros exámenes físicos y procedimientos médicos. Vonderlehr desarrolló las políticas que moldearon la siguiente fase del proyecto. Por ejemplo, fue el quien decidió obtener el “consentimiento” de los sujetos para la realización de punciones lumbares (En busca de signos de neurosífilis) promocionando las pruebas diagnósticas como un “tratamiento gratuito especial”. En una ocasión, el Dr Wenger lo felicitó por sus “facilidades al mandar cartas a negros”. Vonderlehr se retiro como director de la Sección de Enfermedades Venéreas en 1943.

El Dr. John R. Heller fue asistente del Dr Vonderlehr y lo sustituyó como Director de la Sección de Enfermedades Venéreas del PHS. La dirección del experimento por Heller coincidió con la introducción de la penicilina en otras clínicas de la PHS como tratamiento de rutina para la sífilis, así como con la formulación del Código de Nuremberg (Con el cual se buscaba proteger los derechos de los sujetos de investigación). El estudio fue expuesto a la opinión pública en 1972; Heller defendió los principios éticos del experimento hasta el final.

La enfermera Eunice Rivers era una mujer afroamericana que se entrenó en Tuskegee y fue reclutada en el Hospital John Andrew cuando el estudio comenzó. El Dr. Vonderlehr se convirtió en un fuerte defensor de su rol. La enfermera Rivers se convirtió en la única persona del staff que permaneció en el estudio durante los 40 años de su existencia. Para la década de los 50, la enfermera Rivers se había convertido en un elemento crucial del estudio –su conocimiento personal de todos los sujetos permitieron que el largo seguimiento se mantuviera funcionando.

Durante la Gran Depresión de la década de los 30, se les ofreció a las clases bajas de afroamericanos --quienes usualmente no podían obtener una adecuada atención médica— la oportunidad de integrarse al refugio de la señorita Rivers. Ahí, los pacientes recibirían exámenes médicos gratuitos en la Universidad de Tuskegee, así como transporte gratuito de ida y vuelta a la clínica, comidas calientes en los días de examen y tratamiento para padecimientos menores.

El experimento comenzó originalmente como un estudio de la incidencia de la sífilis en la población del Condado Macon. Los sujetos serían estudiados por un periodo de seis a ocho meses, y después tratados con tratamientos contemporáneos (Incluyendo el salvarsan, ungüentos de mercurio y bismuto) que eran medianamente efectivos pero muy tóxicos. Las intenciones iniciales de este estudio eran beneficiar la salud publica de esta población pobre, como quedó evidenciado por la participación del Instituto Tuskegee, la Universidad afroamericana fundada por Booker T. Washington. Su hospital afiliado le brindo al PHS las facilidades médicas para el estudio, y otras instituciones predominantemente afroamericanas así como médicos locales también participaron. Se suponía que la Fundación Filantrópica Rosenwald proveería los fondos para pagar el eventual tratamiento. El estudio recluto a 400 hombres negros enfermos de sífilis, así como 200 hombres negros saludables como grupo control.

El primer punto crítico en la dirección que tomaría el experimento Tuskegee llegaría en 1929, cuando la llegada de la Gran Depresión dejaría a la Fundación Rosenwald sin la posibilidad de solventar los tratamientos que inicialmente había prometido. En un principio, los directores del estudio pensaron que aquello seria el fin del estudio, considerando que la Fundación ya no seria capaz de comprar los medicamentos para la fase de tratamiento del estudio. Incluso se elaboró un reporte final.

En 1928, el Estudio Oslo había reportado las manifestaciones patológicas de la sífilis no tratada en varios cientos de hombres caucásicos. Este estudio fue retrospectivo; Los investigadores recopilaron información de pacientes que ya habían contraído sífilis y que habían permanecido sin tratamiento por un tiempo. El grupo de estudio de Tuskegee decidió salvar su experimento y continuarlo, al convertirlo en un estudio prospectivo equivalente al Estudio Oslo. Esto no era inherentemente erróneo por sí mismo; tomando en cuenta que no había nada que los investigadores pudieran hacer terapéuticamente, podían estudiar la evolución natural de la enfermedad, mientras no le provocaran un daño a sus pacientes. Eso sería de beneficio para la humanidad. De cualquier forma, los investigadores se salieron de los marcos del juicio razonable, cuando su estudio eventualmente se convirtió en el más largo experimento no terapéutico realizado en seres humanos en la historia de la medicina.

Las consideraciones éticas, pobres desde un principio, comenzaron a deteriorarse rápidamente. Tomando un ejemplo, a mitad del estudio, como un medio de asegurarse que los hombres accedieran a realizarse un potencialmente peligroso procedimiento diagnóstico (No terapéutico) como es la punción lumbar, los médicos le mandaron a los pacientes 400 cartas tituladas “Última oportunidad para recibir tratamiento gratuito especial”. El estudio también requería que se le realizara una autopsia a todos los sujetos después de su muerte –aún cuando los participantes nunca fueron informados de este requisito. El tratamiento para los pacientes fue intencionalmente negado. A muchos se les mintió y recibieron tratamientos placebo con el objetivo de observar la progresión fatal de la enfermedad. En 1934, la primera información médica fue dada a conocer, siendo publicado el primer reporte mayor en 1936. Es importante notar que este no fue un estudio secreto, ya que contó con numerosos artículos publicados a lo largo de su historia.

El segundo punto crítico en la dirección del experimento llegaría en 1947, tiempo en el cual, la penicilina se había convertido en el tratamiento estándar de la sífilis. Varios programas del Servicio de Salud Pública del gobierno de los Estados Unidos fueron implementados para formar “centros de tratamiento rápido” con el objetivo de erradicar la enfermedad. Cuando varias campañas nacionales de salud para erradicar la enfermedad venérea llegaron al Condado Macon, los investigadores del estudio Tuskegee disuadieron a sus sujetos de experimentación de participar en ellos. Durante la Segunda Guerra Mundial, 250 de los sujetos de experimentación del estudio Tuskegee se registraron en estas campañas, y fueron consecuentemente diagnosticados y programados para recibir tratamiento. De cualquier forma, el PHS se encargó de descartarlos. El representante del PHS de aquel momento declaró: “Hasta el momento, estamos asegurándonos que todos los sujetos diagnosticados no reciban tratamiento.”

Para el final del estudio, solo 74 de los sujetos de experimentación continuaban con vida. 28 de los hombres habían muerto directamente a causa de la sífilis, 100 murieron por complicaciones derivadas de ella, 40 de sus esposas fueron infectadas, y 19 niños nacieron aquejados de sífilis congénita.

En 1966, Peter Buxtun, un investigador del PHS en San Francisco, mandó una carta al director de la División de enfermedades venéreas para expresarle sus preocupaciones acerca de la moralidad del experimento. El Centro para el Control de Enfermedades (CDC) reafirmó la necesidad de continuar con el estudio hasta su terminación (hasta que los sujetos murieran y pudieran realizarse las autopsias correspondientes).

Con sus reclamos ignorados, Peter Buxtun se dirigió a la prensa. La historia apareció primero en el Washington Star el 25 de Julio de 1972. Después apareció en la primera plana del New York Times el día siguiente. Como resultado de las protestas del público, en 1972, una comisión asesora fue designada para determinar si el estudio estaba médicamente injustificado y ordenó detener el experimento. Como parte del arreglo judicial que resultó del escándalo, los participantes sobrevivientes que habían sido afectados como consecuencia del estudio así como sus familiares recibieron 9 millones de dólares y la promesa de tratamientos médicos gratuitos.

En 1974, el Acta de investigación Nacional se convirtió en ley. También se creó una comisión para estudiar y redactar las regulaciones que deberían cumplir los experimentos que involucraran participantes humanos.

El 16 de Mayo de 1997, cinco de los 8 sobrevivientes del experimento acudieron a una ceremonia en la Casa Blanca, en la cual el Presidente Clinton pidió disculpas formales a los participantes del experimento Tuskegee:

“No podemos remediar lo que ya esta hecho, pero podemos terminar con el silencio… Podemos dejar de voltear nuestras miradas hacia otra parte. Podemos mirarlos a los ojos y finalmente decir, a nombre de la gente
norteamericana, que lo que hizo el Gobierno de los Estados Unidos fue vergonzoso y que lo siento.”

En 1932, los tratamientos para la sífilis eran relativamente poco efectivos y tenían severos efectos colaterales. Se sabía que la Sífilis era particularmente prevalente en comunidades negras pobres. En un inicio, la intención del estudio era medir la prevalencia de la enfermedad, su historia natural y la verdadera efectividad del tratamiento. La ética médica prevalerte en aquel entonces, aún no contaba con los estándares exactos para elaborar un consentimiento informado; los médicos rutinariamente le ocultaban información sobre su estado de salud a los participantes. Un estudio clínico para evaluar la efectividad del tratamiento de esta terrible enfermedad no era inherentemente incorrecto. De cualquier forma, este estudio explotó una sobpoblación vulnerable para responder una cuestión que habría sido benéfica para toda la población. Algunos argumentan que esto fue una muestra de racismo por parte de los organizadores del estudio.

De cualquier forma, con el desarrollo de un método efectivo y simple para el tratamiento de la sífilis (la penicilina), y con los cambiantes estándares éticos, los juicios éticos y morales del experimento se volvieron absolutamente indefendibles. Para el tiempo en que el estudio se canceló, cientos de hombres habían muerto de sífilis y muchas de sus esposas se habían infectado. Muchos niños sufrieron también los estragos de la sífilis congénita. Este estudio se ha convertido en un sinónimo de la explotación en los estudios clínicos, y ha sido frecuentemente comparado con la experimentación realizada por el médico nazi Josef Mengele.

Algunos estudios sociológicos han mostrado que el Estudio de la Sífilis de Tuskegee ha predispuesto a muchos afroamericanos a desconfiar de las autoridades médicas. El estudio por sí mismo, es un factor significativo en la baja participación de afroamericanos en estudios clínicos y en programas de donación de órganos. Nadie podría culparlos.

lunes, 18 de enero de 2016

PARTICIPACIÓN 5

1. ¿Existe justificación moral para la eutanasia? Argumenta
2. Siguiendo la lógica de Kant 

a. ¿Cuál era el deber de los médicos? ¿Lo cumplieron?
b. ¿Cuál era el deber de los padres? ¿Lo cumplieron?3. ¿Por qué se debe ir a juicio para poder dar muerte a un paciente terminal? ¿Le corresponde al Estado esta decisión? Argumenta

Hospital español accede a la eutanasia de Andrea, la niña para la que los padres pedían una muerte digna

  • 5 octubre 2015
Padres de AndreaImage copyrightepa
Image captionAntonio Lago y Estela Ordóñez visitaron este lunes al juez Roberto Soto.
Andrea es una niña española de 12 años que lucha desde los 8 meses con una enfermedad sin diagnosticar, rara y neurodegenerativa.
La menor ha tenido una "vida feliz dentro de las limitaciones" de su dolencia hasta que hace unos cuatro meses una trombopenia (una disminución de plaquetas en la sangre) la dejó "casi entre la vida y la muerte", según le dijo su madre Estela Ordoñez a BBC Mundo.
"Es algo que no nos parece que es vivir", lamentaba la mujer quien, junto a su marido, Antonio Lago, emprendió una batalla legal para conseguir una muerte digna para su hija: "Para nosotros, que somos sus padres y llevamos 12 años con ella apoyándola, llegó ya ese punto final".
Este lunes, en un llamativo cambio de opinión, el equipo médico del Complejo Hospitalario Universitario de Santiago (Galicia, noroeste de España) en el que está ingresada la menor accedió a retirarle la sonda de alimentación que la mantiene con vida.

Cambio de postura del hospital

La batalla entre la familia de Andrea y el hospital de Santiago generó en España una discusión sobre si los médicos deberían hacer caso a la decisión de la familia y quitarle a la pequeña el soporte vital y los cuidados paliativos o mantenerla como estaba.
La petición de los padres fue respaldada por una recomendación del Comité de Ética Asistencial del área sanitaria de Santiago.
Sin embargo, la resolución no era vinculante, por lo que el hospital decidió en un principio no seguir el consejo alegando "buena práctica clínica" y "los principios más estrictos de la ética".
Este lunes, el caso dio un giro radical y el centro sanitario anunció que retirará la alimentación artificial a la niña tras lograr un acuerdo entre el equipo médico y los padres de la menor, que previamente habían sido recibidos por el juez.
El abogado de la familia, Sergio Campos, precisó que el procedimiento judicial no se va a archivar hasta que haya un desenlace, que puede ser cuestión de "solamente unos días, o de 38, o 40", por lo que "hay que ser cautos".
Campos señaló que, tras retirar la sonda de alimentación, los médicos dejarán una dosis mínima de hidratación, la justa para que los sedantes actúen.
"Es únicamente lo que se le va a administrar, una sedación entendemos que fuerte, para que la niña no sienta dolor, y la mínima hidratación para que esa sedación surta efecto", detalló el abogado.
Antonio LagoImage copyrightepa
Image captionLa familia de Andrea pidió que se respete su intimidad en estos días de dolor.
Antes de conocerse la noticia, los padres de la niña se reunieron con el juez de primera instancia Roberto Soto, quien emplazó a la familia y al hospital a llegar a un acuerdo, de cuyo cumplimiento hará ahora un seguimiento el propio juzgado.
La dirección del hospital indicó que el cambio en la decisión médica obedece al empeoramiento del estado de salud de la pequeña.

Enfermedad rara degenerativa

El martirio de la familia de Andrea comenzó cuando la pequeña tenía sólo 8 meses y descubrieron que tenía una enfermedad neurodegenerativa sin diagnóstico.
"Desde entonces comenzó una regresión que le llevó a tener un 93% de minusvalía física pero intelectualmente siempre estuvo conectada con el entorno y nos comunicábamos con ella gestualmente", evocó Estela Ordoñez.
Sin embargo, las cosas empeoraron hace aproximadamente un año y medio cuando comenzó una regresión paulatina: "su estómago se empezó a rebelar, ya no admitía la cantidad de alimentación que ella necesitaba, hasta hace cuatro meses, que le dio la trombopenia. El cuerpo estaba que ya no aguantaba".
"Yo la traje al hospital creyendo que sería un episodio como tantos otros y resulta que no, que ahí se destapó que mi hija estaba ya en un retroceso vertiginoso, sin cura e irreversible y que estaba sufriendo", explicó.
Paciente conectada a una máquinaImage copyrightThinkstock
Image captionEl caso de Andrea reabrió el debate sobre la muerte digna en España.
Desde entonces, el día a día de los padres de Andrea transcurrió entre en el hospital y la lucha para poner fin al sufrimiento de la mayor de sus tres hijos.

Derecho a la muerte digna

El debate sobre la situación de Andrea se produjo en Galicia, una de las seis comunidades autónomas españolas que tienen una ley sobre la muerte digna.
Sin embargo, la Asociación por el Derecho a Morir Dignamente lamenta que esas leyes no son suficientes y que los conflictos entre las familias o los propios pacientes y los equipos médicos son habituales.
"Es un atropello habitual (...) Esta situación provoca un sufrimiento añadido a una situación por naturaleza dramática. Los derechos de los pacientes no deberían quedar al albur de la interpretación personal de los profesionales", indicó la asociación en un comunicado.
La repercusión mediática del caso hizo que llegara al campo de la política española.
Pero la familia de Andrea no quiso entrar en ese terreno: "Nosotros estamos luchando por nuestra hija. No por hacer debate ni crear polémica y tenemos que seguir centrados en el cuidado de ella y que no nos utilicen de escudo para otros debates.
"Si realmente esto ayuda a que cambie la ley y que otras familias no sufran, pues genial. Pero esa no es nuestra lucha. Nuestra lucha es nuestra hija y el final digno y el fin de su sufrimiento", concluyó la madre de Andrea.

jueves, 14 de enero de 2016

PARTICIPACIÓN 3



Redacta una reflexión personal a partir de lo presentado en el artículo y los siguientes elementos:

1. ¿Por qué el ser humano hace esto a sus semejantes? ¿A alguien le trajo beneficios este acontecimiento?

2. ¿Existe justificación moral para esta acción? Explica

3. ¿Los científicos son culpables en este caso? Argumenta



05 febrero 2007
Antonio Martínez Ron; Blog: Fogonazos




Las bombas de Hiroshima y Nagasaki acabaron con la vida de más de 250.000 personas y dejaron un legado de horror que aún perdura en nuestros días. En los siguientes años, la destrucción de ambas ciudades quedó asociada con las imágenes de edificios arrasados y llanuras llenas de escombros. Pero, ¿dónde estaban las víctimas? A principios de 1946, las autoridades estadounidenses habían ordenado la destrucción de centenares de fotografías y prohibido la difusión de cualquier testimonio de la masacre. Se prohibió a la población japonesa cualquier comentario sobre los bombardeos o las informaciones que pudieran “alterar la tranquilidad pública”.

Con los años, salieron a la luz algunos de los documentos clasificados como “alto secreto”, pero Hiroshima y Nagasaki siguieron quedando como un terrible dato en la enciclopedia; a diferencia de lo que sucediera con otras infaustas masacres - las pilas de cadáveres de Mauthausen o los gaseados en el Kurdistán -, en Hiroshima y Nagasaki no quedó imagen ni conciencia del horror, solo unos centenares de miles de víctimas sin nombre, convertidas en una cifra escalofriante a la que nadie ponía cara. 

Lo que vais a ver es un testimonio de la más horrible destrucción causada por el ser humano, una recopilación de fotografías que se han publicado otras veces, pero raramente juntas. Aquellos que no estén preparados, o solo sientan el impulso del morbo, por favor, que se queden en la puerta. Los demás, pasad con respeto; el único objeto de esta entrada es evitar que la ignominia caiga en el olvido. 


1. Señales


Uno de los muchos relojes encontrados en los alrededores de Hiroshima; todos permanecen parados a la misma fatídica hora, las 8,15 h., la hora exacta de la explosión.


En muchas superficies el calor y la fuerza salvaje de la explosión dejaron una impronta sobre paredes y suelos. En algunos casos, como este puente situado a un kilómetro del centro de la explosión, se ve claramente la denominada “sombra nuclear” que dejó la deflagración detrás de los pilotes.

En otros lugares, como en esta pared, la explosión imprimió las siluetas de algunas personas, cuyos cuerpos fueron pulverizados de forma instantánea.

La imagen de abajo, situada a unos 250 metros del centro de la explosión, muestra la sombra de una persona que estaba sentada en las escaleras de un banco, probablemente esperando a que abriera. Las temperaturas de hasta 2.000º C lo incineraron sobre el escalón.


2. El horror

El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, la bomba lanzada por el Enola Gay estalló a una altura de 580 metros sobre el centro de Hiroshima y mató a unas 70.000 personas al instante. La onda expansiva, a unos 6.000 grados de temperatura, no dejó un edificio en pie y carbonizó los árboles a 120 kilómetros de distancia.

Varios minutos después, el hongo atómico se elevó a unos 13 kilómetros de altura y expandió una lluvia radiactiva que condenó a muerte a las miles de personas que habían escapado del calor y las radiaciones. Dos horas después habían muerto unas 120.000 personas, 70.000 habían resultado gravemente heridas y el 80% de la ciudad había desaparecido.

El área inmediatamente afectada fue de 5 kilómetros cuadrados densamente poblados. Hubo miles de casos de incineración súbita, carbonizaciones parciales y quemaduras de personas expuestas hacia el hipocentro del estallido, a más de 10 km de la zona cero.



Pero el horror no había terminado. Días después de que la bomba atómica destruyera la ciudad, los médicos comprobaron asombrados que la gente seguía muriendo en forma enigmática y aterradora, de síntomas desconocidos; "al principio los médicos y cirujanos trataban las quemaduras como cualquier otra, pero los pacientes se licuaban por dentro y morían. Ningún médico había visto nada igual".


"Sin alguna razón aparente, su salud comienza a deteriorarse -escribía Wilfred Burchett en su reportaje-,... Los médicos japoneses les inyectan vitaminas, pero la carne de los enfermos se pudre al contacto con la aguja. Hay algo que acaba con los glóbulos blancos, pero no sabemos qué es".





Esta imagen muestra el ojo de una víctima de ‘cataratas por radiación’. Muchos de los afectados estaban en un radio de dos kilómetros. La mayoría de los casos aparecieron años después.








3. Los Hibakusha

Hibakusha ("persona bombardeada") fue el término con que los japoneses designaron a los supervivientes. Oficialmente hubo más de 360.000 hibakusha de los cuales la mayoría, antes o después, sufrieron desfiguraciones físicas y otras enfermedades tales como cáncer y deterioro genético.


Paradójicamente, muchos de los hibakusha fueron víctimas dobles: de los norteamericanos y de sus propios compatriotas, que le discriminaron durante años debido a que “la radiación se creía contagiosa”.

'La gente normal no nos dejaba acercarnos', explicaba uno de los hibakusha años después. "Algunas víctimas de las bombas ocultaron los ocurrido y pudieron encontrar trabajo, pero, en cuanto se les declaraba alguna de las mil y una dolencias derivadas de la radiación, eran fulminantemente despedidas". 


4. Yamahata, el fotógrafo de Nagasaki

El día 10 de Agosto de 1945, menos de 24 horas después del estallido de la segunda bomba, Yosuke Yamahata, fotógrafo del Ejército japonés, llegó a la ciudad de Nagasaki con el encargo de documentar los efectos del "nuevo tipo de arma". Yamahata caminó durante horas entre los escombros del escenario más dantesco que jamás hubiera imaginado. Sus fotografías son una de las pruebas más desgarradoras de la monstruosidad humana:


“Un viento caliente comenzó a soplar – explicó años después – En todos lados se veían pequeños incendios, como antorchas apagándose: Nagasaki había sido totalmente destruida… prácticamente tropezábamos con cuerpos humanos y de animales que yacían a nuestro paso…"


"Era en verdad el infierno en la tierra. Aquellos que apenas pudieron sobrevivir la intensa radiación -con los ojos quemados y la piel calcinada y ulcerada- deambulaban apoyándose en palos para poder sostenerse esperando ayuda. Ni una sola nube amortiguaba los rayos del sol de ese día de agosto, brillando inmisericorde en ese segundo día después del estallido”.






Veinte años después, el 6 de agosto de 1965, cuando se recordaba el vigésimo aniversario del bombardeo a Hiroshima, Yamahata enfermó súbitamente. A los 48 años de edad, le fue diagnosticado cáncer terminal de duodeno, probablemente debido a efectos radiactivos residuales recibidos en Nagasaki en 1945. Murió el 18 de abril de 1966 y fue enterrado en el cementerio de Tama en Tokio.